Atras


LOS PUYAZOS DE SERGIO.
Por: Sergio Martín del Campo. R.
Fotografía del Autor
Fecha:
2017-12-04 13:27:30

Si oficialmente México logró su Independencia en 1821, muy pronto pseudopolíticos se encargaron de endosar la “nueva patria” al imperio Yanqui. Esta apuesta se siguió reiterando, “sin que se notara”, en los sexenios pasados y aún, presentes.

Si la fiesta brava mexicana tuvo independencia y durante la llamada “época de oro” había una cabal competencia entre nacionales y extranjeros, posteriores organismos se encargaron de entregarla para su beneplácito, a los extranjeros, específicamente a los españoles y a su soberbio y déspota sistema.

El divo de Chiva, olvidado un tanto de su doble moral, se metió a decente y para no regarla con impúdica flagrancia, mandó cambiar tres reses de Julio Delgado por tres de Barralva.

Sin embargo y por supuesto jamás se desharía de los de Teófilo Gómez, quien tenía bien fraguada en macizo bronce una cita más con la mansedumbre en lo que fue la tercera corrida de la campaña en la vieja plaza de la “Ciudad de los Deportes”.

Ante una mala entrada – se agrava el calificativo, pues se supone que el valenciano es ídolo en la convulsa capital del país-, para quitarse responsabilidades de primer espada, contrató a Jorge Hernández, quien haciendo papel de comparsa clavó rejones a un bóvido muy gordo del Vergel que resultó regular para la lidia a caballo. Búsquese en la historia de las plazas de Madrid o Sevilla, por ejemplo, si algún diestro echó por delante a un jinete con el fin de deshacerse de su papel de primer espada.

El primer animal de Barralva, aunque gordo, más bien cómodo que apenas recibió un amable puyazito, fue un genuino manso-menso que por su debilidad, además, con penas pasaba tras el engaño, entre que el pinchador de Valencia hacía de las estéticas suyas. El colmo llegó cuando la merma física y la nula casta obligaron al bicorne a rodar por el albero, quedándose de rodillas, pareciendo pedirle perdón al espada. De buena suerte lo mató al primer viaje, pues este estilista diestro jamás se vuelca a la hora de la suerte suprema.

Su segundo fue de Teófilo Gómez, amplio de caja pero sin atractivo ni gracia en su presencia. Manso fue, como no, y desde la parte capotera ya salía con la testa arriba, soseando y derramando la vista. Si antes se elogiaba un prolongado y buen puyazo, hoy se aplaude que se simule la suerte; y así sucedió toda la tarde. Y nuevamente, ya tomada la muleta, Ponce se puso a realizar una faena tramposa, con una estética que ralló en lo feminoide, lo meloso y lo cursi en la que no faltó la chapucera y engañosa “Poncina”.

Los habitantes de la gran metrópoli –chilangos, según voz popular-, enloquecidos y embelesados, le “limosnearon” un regalo al peninsular, y éste, ni perezoso ni tardo pidió le echaran el sobrero, otro de Teofilíto mansísimo ante el cual cuajó otra faena chulista, plena de amaneramientos. Tauromaquia maricona la de él. (Claro quede que me refiero a su ejercicio, no a su persona). Luego de un bajonazo bien hecho se le dieron las orejas del bueyón para cuyos restos, vaya puntada del juez, se ordenó el arrastre lento…

Joselito Adame, ni fa ni fu, muy a pesar de su esfuerzo, -en algo hipócrita al involucrar en su reaparición, luego de lo que él mismo etiquetó como un fracaso, rumiantes de Teófilo Gómez-. Y hasta una herida se provocó.

Dentro de esta demostración de mansedumbre, lo más torero, serio y decoroso lo hizo “El Payo”.

Con estos hechos rotundos, parece que el espectáculo taurino en México ha comenzado la recta final de su extensa e interesante historia.

 
   

Noticiero Taurino

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