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EL TOREO EN MÉXICO: EL DEBUT DE BELMONTE
Por: Redacción.
Fotografía del Autor
Fecha:
2017-07-11 19:40:16

No recuerdo, desde que veo corridas de toros, una expectación mayor ni un mayor entusiasmo por la fiesta español a que los habidos durante los último s siete días, á contar del que se supo que Juan Belmonte, el llamado fenómeno de Triana y por ende paisano del aquel coloso del valor, tan querido en México, Antonio Montes, debutaría en la segunda corrida de la temporada, el 9 de Noviembre en curso.

Para muchos aficionados no ha pasado aún la extrañeza que les causara ver que en la segunda corrida de la temporada debutara el diestro que más ruido ha hecho en España, el eco de cuyos triunfos llegara á México, encontrando, como era natural, campo propicio para desarrollar su fama aun antes de conocer al jaleado diestro. Y si se agrega que Belmonte debutaba con Vicente Pastor, se comprender á mejor que muchos pensaran que Pepe Rivero había perdido la chaveta, poniendo un cartel de tanta fuerza cuando no era necesario. El resultado final vino á dejar en su lugar al talentoso director de la Empresa taurina, pues la plaza se vio llena hasta los topes, con un total de cerca de veinte mil personas que dejaron en las cajas de la Empresa unos cuarenta y tres mil pesos mal contados, de los cuales sería n de ganancia de trece á catorce mil duros, pues el presupuesto era altísimo, tanto por los sueldos do los dos maestros oficiantes, cuanto por el formidable anuncio hecho del debutante. Ya pasó la cosa, ya vimos al fenómeno, y la impresión que en los primeros momentos era como una cosa informe y vaga, queda ahora firme y vigorosa, capacitándonos para aventurar un juicio á vuela pluma sobre la discutida personalidad taurina que me ocupa.

Juan Belmonte es un torero estupendo, porque lo que hace lo hace en forma tal, que subyuga tanto como entusiasma y convence. Tiene por base un valor enorme, una serenidad pasmosa, y la difícil facilidad de torear de brazos parándole s á los toros hasta el punto de que apenas si las matemática s resuelven el problema de que puedan pasar los pitones por su cuerpo, tocándole apenas lo bastante para arrancarle áureos hilos del rico traje, sin llevarse el cuerpo enclenque y canijo. No conociendo al ganado mexicano y tocándole como le tocaron unos adversarios mansos en general, cuando lo que él necesita es bravura y poder, natural era que no siempre le resultaran sus especialidades como ellas deben ser, como son sin duda según lo dejó ver siquiera en ocasiones aisladas. Yo le aplaudí á rabia r una excelentísima verónica, dada al sexto toro, el más grande y menos manso de la corrida, citándolo de frente, dando el pecho y atrayéndolo hacia su cuerpo para despedirlo en los vuelos del capote en un estirar maravilloso de los brazos. Muchas verónicas dió, algunas muy buenas, pero esta fué la única que dió Belmonte para mí.

Con la muleta, nos enseñó su manera de pasar de pecho y de molinete, los pases por bajo con ambas manos, doblando el cuello á los toros á fuerza de meterles el trapo en los hocicos, y los altos á cuerpo erguido y parado. Pero el pase natural, el famoso pase natural de Belmonte, dado con la mano izquierda, nos quedamos esperándolo por culpa seguramente de los malditos toros de San Diego, que no quisieron emparejar su valentía con la del joven diestro. En los molinetes, hubo de todo; algunos que resultaron preciosos y otros deslucidos por culpa misma de los toros. Además, Juanito no toreó el domingo todo lo erguido y parado que cabe, y de ahí que nos quedáramos en muchos momentos desilusionados ante la oportunidad perdida de ver lo que siempre querríamos ver: un fenómeno.

¿Fenómeno dije?

Rectificaré en parte. Un fenómeno de valor, ¡qué duda cabe!... Pero no el fenómeno que esperábamos encontrar, toreando como NADIE ni antes ni ha toreado; porque esto, con permiso de la distinguida crítica de España, lo rechaza mi modo de sentir el arte del torear que repugna con tales calificativos y seguir á distanciado de ellos mientras no vea en verdad algo tan sobrenatural que, por nunca visto, pueda sacarme del entusiasmo máximo la máxima loa... El toreo, para mí, requiere el valor como base; pero el valor dentro del arte para hacer la emoción, que es arte, y la inteligencia humana sobre todo. Por esto no creo todavía (una corrida no es nada) que en Belmonte se haya descubierto la octava maravilla, porque para ello sería preciso que Belmonte hiciera en verdad lo que no ha hecho nadie antes que él; que cuanto ejecuta el llamado fenómeno tocara los límites de lo sobrenatural y de lo maravilloso...

Y, francamente, mi desilusión fué mucha, ya que iba á la plaza empapado en el prestigio que le formar a al sevillano lo mejor de la crítica española y esperando ver lo nunca visto.

No fué así, y por esto afirmo que todavía no he visto un fenómeno. Sin embargo, ya dije que una corrida no es nada y esperaré, esperaré pacientemente que pasen dos, tres, las siete ó más corridas que d e b e r á torear Belmonte en México, que sumarán más de las que entre novillero y matador de toros ha toreado en Madrid, la plaza máxima, para formar mi juicio definitivo sobre lo que, hoy por hoy, no creo más que un torero valientísimo y lleno de amor propio, verdadera esperanza del arte si los toros lo respetan y la adulación no troncha en flor el capullo.

Y corto de una buena vez todo nuevo comentario, y a que no quiero por ahora referirme á las visibles deficiencias del llamado fenómeno. El público le aplaudió el domingo cuanto hizo, superior, bueno, mediano y malo, y no voy á quitar á nadie su ilusión, ya que bastante tengo con la mía perdida. Me queda solamente esperar que le salga un toro bravo, si son varios (cosa difícil en estos tiempos) mejor aún, para ver en toda su grandeza al estupendo lidiador; y para entonces, si resulta lo que dicen, seré el primero en doblegarme á la evidencia y el primero en tocarle las palmas del entusiasmo más completo.

Vicente Pastor, otro fenómeno de valor y de facultades, como antes le he llamado, dejó su nombre á la buena altura que lo dejara en la primer a corrida, aun cuando no lograra el mismo lucimiento estoqueando que en la inauguración de temporada.

Toreó de capa por verónicas algunas veces apartándose de su estilo vastote y ayuno de estética; hizo quites valientes y oportunos y, como siempre, fué la providencia de todos, especialmente de Belmonte, con quien por primera vez toreaba, en algún momento de apuro. Con la muleta se metió tanto ó más que el trianero y estoqueando confirmó su habilidad para meter el brazo, aun con los toros difíciles como el quinto, que llegó á la muerte incierto y con la cabeza levantada.

Por lo demás, se comprende que el ganado de San Diego de los Padres echó á perder en buena parte la que debió haber sido memorable fiesta. Todos los toros fueron más ó menos mansos y blandos con los caballos, barbeando las tablas, saltando al callejón y huyendo en ocasiones del engaño, que los invitaba insistentemente. Pero buena parte de la culpa en el juego de los toros la tuvieron las cuadrillas con sus desaciertos constantes, que hicieron de Pastor como jefe de lidia una figura desairada.

¡Qué herraderos, que ignorancias y qué abusos!

La presentación de Belmonte puede considerarse como un triunfo, ya que si el torero tuvo palmas y nada más que palmas en todo lo que ejecutó con los toros, la Empresa tuvo un lleno completo. Solamente el aficionado salió de la plaza desalentado y como llorando una desilusión, ya que no completa ni igual en todos, si visible. ¿Cuándo debutará el verdadero fenómeno? -gritaron por allí.-

Ojalá sea muy pronto.

 
   

Noticiero Taurino

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