Atras


LOS PUYAZOS DE SERGIO.
Por: Sergio Martín del Campo. R.
Fotografía del Autor
Fecha:
2017-06-12 10:42:40

Aunque en impúdico, inadmisible, inmoral y vulgar servilismo algún auto titulado “cronista taurino” aguascalentense de modo inaudito titula “la feria más importante del mundo” a la de la capital de las aguas termales, celebrada cada año en el mes caliente y caluroso de abril, la de San Isidro, vaciada en la Monumental del barrio de Las Ventas de Madrid, es, muy por encima, la de mayor trascendencia en el Atlas del dios Taurus. El contexto y rango de exigencias de este ciclo lo alejan demasiado de cualquier imaginable punto de cotejo con otro.

El abrir la Puerta Grande de este coso Neo mudéjar es, para cualquier profesional en la lidia de reses de casta, el mayor anhelo y el sueño más alto de llevar a realidad.

El último espada americano en experimentar la gloria de semejante hazaña ha sido no un mexicano, sino un colombiano, César Rincón, torero seco, de corto repertorio, de manifestación artística parca, pero de una entraña ardiente y de una técnica compacta y pudiente como para solucionar las complejidades hasta de un mismísimo dragón.

El 7 de junio de 1994, ataviado con un traje albo y oro, se apersonó en Las Ventas para dar cara a un lote de Baltasar Ibán.

“Bastonito” le correspondió en el incorruptible sorteo, un toro encastado que jamás, a lo largo de la épica lidia ofrecida, se domó ni dio vértice a concesiones. Sin embargo, en el anillo estaba un Rincón estigmatizado por la guerra. Muchos años fue incansable e indomable “toreo- militar” en cuanto cartel complicado le pusieron. Preparado para vencer a “Bastonito” y otros más estaba el colombiano.

Su faena fue una lucha épica, de poder a poder, frontal, abierta, sin chapuzas ni ventajas. El toro siempre buscó las carnes del hombre, pero lo que encontró fue la sarga bien blandida en cuyas burlas de sus vuelos descargó su furia, sus ímpetus, su poder y su casta. El aire y la nada encontraron los diamantes que llevaban aspiraciones de muerte. En algún momento de la batalla, el gladiador de seda y brocados calló al albero, y aunque maltrecho, maltratado su cuerpo, pero no su espíritu, se incorporó sin alardes teatrales para dar fin al acto con gallardo estoconazo y esperar sereno el premio de la oreja del duro adversario.

Otro torero americano que alcanzó la cima y el adjetivo de figura del toreo, y uno de los más importantes del siglo XX, fue César Girón, “el león venezolano”. Un día como hoy, pero de 1933 vio la primera luz del rey de los astros justamente en Venezuela. En el Nuevo Circo de Caracas, el 1o de octubre de 1951 obtiene un sonado triunfo durante una novillada en la cual estoqueó con efectividad, con solo un pinchazo en el haber, los seis ejemplares a razón de que su alternante fue herido por el primer ungulado. Las tardes triunfales de este torero denodado, completo, atlético y pundonoroso, son incontables. El 1o de noviembre de 1954 en el añoso edificio taurino de Acho, en Lima, Perú, se subrayó al cortar el rabo a “Pacomio” y las orejas, el rabo y una pata a “Nacarillo”, ambos bureles quemados con la marca de “Huando”. Fue semejante trofeo el último en cortarse en este coso ya que posteriormente fue prohibido el que se concediera. En la Real Maestranza de Sevilla cortó dos rabos en tardes consecutivas, hazaña que jamás ha vuelto a reeditarse por torero alguno. Salió por la Puerta Grande de Las Ventas en 1955, 1956, 1958, 1962 y 1963. Lamentablemente en 1971 “el toro de asfalto” le arrebata la vida en un accidente de tránsito.

 
   

Noticiero Taurino

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