Atras


LOS PUYAZOS DE SERGIO.
Por: Sergio Martín del Campo. R.
Fotografía del Autor
Fecha:
2017-06-05 11:18:09

El señorial, y dramático, mudo, serio y severo espada de Vitigudino, Madrid, Santiago Martín “El Viti”, en su foja de haberes profesionales apuntó con tinta imborrable catorce salidas sobre los hombros de los más contagiados aficionados y por el espacio de la Puerta Grande del coso Monumental de la capital española.

El hombre era un profesor en asuntos relacionados con la tauromaquia práctica. Cada una de sus faenas, al toro malo, al regular y al bueno, resultaba ser una lección del toreo explícito.

Sus diseños geométricos, correctos, específicos y eficaces, siempre ceremoniosos aún siguen deslumbrando a los aficionados que ven sus trasteos por medio de la magia del video.

La marca máxima de este diestro es casi inalcanzable para el resto de los espadas que han estado en activo después del “Viti”, no se diga ya para un jinete, cuyas funciones en las que puede expresarse, en Madrid, apenas si alcanzan un modesto por ciento del resto de las que componen la cartelera anual de la preponderante plaza.

Sin embargo, lo que ni siquiera se pensaba, lo igualó justamente un équite. Diego Ventura se contrató en las dos corridas de rejones que sugirió la empresa de Las Ventas para las ferias que están transcurriendo.

En ambas comparecencias, sin trampas, cabal y rotundamente conquistó las orejas que le quitaron la aldaba a la Puerta Grande y por ella pasó como héroe cargado en los hombros de la multitud ardiente, alegre, animada y admirada, mientras en la libreta de las estadísticas se anotaba la hazaña de haber igualado al “Viti”, dejando demasiado lejos al resto de los rejoneadores.

Ventura subrayó dos tardes fuertemente importantes, pero se superó aún en la segunda.

Bien montado, con estética y firmeza, observando los códigos de los viejos caballeros, arpegió el toreo a caballo. Del ejercicio tan bárbaro y rudo que es el rejoneo, hizo un delicado y fino conjunto de esculturas vivientes. Variado, pero sin abusar de los adornos, citó, aguantó y templó llevando a dimensiones estratosféricas el arte del toreo a caballo.

El rejoneo del futuro fue alcanzado por este centauro.

El mexicano es dado por sistema idiosincrático a venerar a sus muertos en vez de procurarles calidad en su existencia a sus vivos. Colma de flores, visitas, música y alimentos que fueron las preferidas de sus finados, las tumbas como un intento inútil de resarcir los sufrimientos infringidos en vida.

Rodolfo Rodríguez González “El Pana”, fue un torero de inexplicable expresión artística y plástica. Su biografía se llenó de desolación, alcoholismo, resequedad desértica, aventuras novelescas, putas, vagancias, marginación y olvido.

Las empresas le tenían como a un torero indeseable, latoso y ocioso, y prácticamente no le contrataban; y cuando lo hacían era en carteles punto menos que modestos y terriblemente complicados. La prensa especializada omitía su nombre y los aficionados y toda la fauna del sistema taurino le ignoraba.

Pero como a este tipo de seres especiales les ronda la magia, el misticismo y el mito, Dios quiso que el 7 de enero del 2007 en el gigantesco coso de la calle Augusto de Rodín de la Ciudad de México, se entroncara con “Rey Mago” de Javier Garfias, para que en pocos minutos construyera una de las faenas más profundas y extrañas de cuantas se tenga memoria en toda la longitudinal historia de la aguantadora plaza.

Hoy, a un año de su torera muerte, se desviven en hacerle homenajes aquí, allá y mucho más allá…

 
   

Noticiero Taurino

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