Atras


LOS PUYAZOS DE SERGIO.
Por: Sergio Martín del Campo. R.
Fotografía del Autor
Fecha:
2017-05-29 11:07:06

En México, país corrupto por herencia ancestral, aún en pañales en más de seis temas, acomplejado y aturdido por una estupidizante televisión, y fácil víctima de la transculturización del pensamiento globalizante, no todos los que más torean son los que más lo merecen, sino los que están “dentro de la lista del equipo que manda, reparte, acomoda y se autorregula”.

En las ferias no están todos los que por talento, méritos y torería deberían estar, en contrapartida enjaretan en “los mejores carteles” a otros que en justicia y moral habrían de entroncarse en los llamados “carteles económicos”.

En el pasado ciclo ferial sanmarqueño trajeron de España a un tal Ginés Marín, diestro de no mal gusto ni mal empaque, pero que solamente ofreció una actuación no más que regular. Es decir, varios de los espadas matriculados en el libro de los profesionales de la tauromaquia mexicana práctica, detenidos e impedidos para evolucionar y dar variedad, frescura y competitividad a los carteles muchas tardes monótonos que proponen las empresas.

Sin embargo, “de la nada”, el 25 de mayo Ginés fue a ratificar su título de matador de toros a la plaza más importante del planeta, la Monumental de Madrid, izada en el barrio de las Ventas, y fue el primero de esta feria en quitar la llave a su ambicionada Puerta Grande, abrirla y salir pos su dilatado espacio sobre los hombros de los aficionados más contagiados de emoción.

Su trasteo fue correcto, de limpia simetría, estético y serio pero modesto de expresión artística; ello a un toro evidentemente importante quemado con el símbolo ganadero de Alcurrucén; bravo, encastado, demandante y comprometedor que embistió largo y con poder de volcán, que se tasó como el mejor hasta lo que ahí había transcurrido de la Feria de San Isidro.

Por esas plazas de Dios, andan luchando varios de nuestros diestros que mejor y más deliciosa faena hubieran trazado a semejante burel; no obstante, nuestro sistema taurino no alcanza aún para dimensionar y proyectar a esos nuestros actores.

Vendrían otras dos fechas sobresalientes. La tarde siguiente, 26, soltaron por el portón de toriles ejemplares de la vacada de Jandilla, “Hbrea”, No. 24, de intachable trapío, con movilidad impetuosa, bravura, clase, nobleza y casta que sin merma de sus facultades físicas embistió a las telas del galo Sebastián Castella quien, a juicio de la crítica, estuvo por debajo de él. Vuelta al ruedo a los despojos de tan sobresaliente burel y una oreja al puño del diestro fue el saldo del número. Toro para vacas, era de indulto, se dijo.

La otra tarde, la del pasado sábado 27, hubo un confirmante que sufrió severo traumatismo craneal, José Espada, que inconsciente hubo de ser llevado a la enfermería de donde ya no retornó. Por su parte Joselito Adame se desempeñó toreramente, valiente, decidido y técnico. Con el ánimo inflamado, se desarmó de la muleta, se perfiló y se fue atrás del acero en un acto dantesco para dejar una estocada fulminante de cuyo daño el burel ya no pudo incorporarse. Era de orejas y la consecuente Puerta Grande, pero Madrid tiene vedado semejante halago para los extranjeros, especialmente para los aztecas. Su trasteo, por las complicaciones del bicorne, fue de mayor mérito que el de Ginés.

 
   

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