Atras


“A MI CARLOS LE HAN HECHO MÁS DAÑO LOS AUTOMÓVILES QUE LOS TOROS...” DICE EN SANTANDER LA MADRE DE ARRUZA
Por: Redacción.
Fotografía del Autor
Fecha:
2017-05-22 10:15:54

NOTA: Irónica premonición de la madre de Carlos Arruza. Lo que a continuación leerán lo he copiado de amarillentas hojas semidestruidas de añeja revista de la época. Lo firma Antonio Morillas en el mes de agosto de 1944, 22 años antes de que don Carlos perdiera la vida en accidente automovilístico.

No es culpa de un toro esa honda cicatriz que Carlos Arruza exhibe en el cuello. Yendo a los toros, sí; pero no de un toro. La culpa es de la faca de un cobarde.

—No sé por qué hizo aquello con mi hijo aquel hombre -nos dice doña Cristina Camino, la madre del torero mejicano.

Estamos ante ella en el peor momento para un reportaje: en esa hora de la tarde en que ya se han encendido unas velas a ambos lados de la imagen de la Madre de Dios, porque se aproxima el toque del clarín para que salgan las cuadrillas en Tarragona. Los labios de la madre de un torero, en esa inquietante coyuntura, sólo se despegan gustosamente para rezar. Pero la atención a la actualidad bien vale un fracaso. ¡Alguna vez hemos de «exponer» los cronistas de toros! Esta noche, después de la corrida de Tarragona, el torero saldrá en automóvil, con su cuadrilla, a marchas forzadas, para poder torear mañana en Santander. Y luego, a Gijón, a Barcelona... ¡al mundo! ¿Y el reportaje se ha de ir con ellos, muerto en flor, por nuestra timidez? La comprobación de un dato inédito de la biografía de este hombre que llena y rebosa el interés taurino de España, bien vale el oír: «No puedo recibirte; que comprenda y disculpe», equivalente a un fracaso.

Doña Cristina Camino, santanderina, hija de un ilustre notario santanderino, viuda de un industrial santanderino también, ha tenido una grata deferencia para un periodista que trabaja en Santander.

-Después de sortear esta tarde el peligro de los toros -nos dice con pesadumbre-, a lanzarse al otro peligro del automóvil.

-Desde luego, más remoto.

-A mi Carlos le han hecho más daño los automóviles que los toros.

Y viene el relato que nosotras hemos perseguido.

Arruza tiene coche y conduce bien. El mismo sé llama, humorísticamente. «viejo lobo del volante». Y un día va en Méjico, en su automóvil, a ver una novillada en la plaza de El Toreo. Le acompaña en la cabina de conducción su gran amigo el famoso boxeador mejicano El Vaquero de Caborca. Trescientos metros antes de llegar a la Plaza choca el auto del torero con un autobús del servicio público. Poca cosa.

Es más Importante el susto que la colisión. Inculpaciones mutuas, un poco de violencia de expresión en ambos conductores y, al fin, el ofrecimiento de Arruza de reparar por su cuenta las ligeras averías del autobús.

-Ahí va una tarjeta mía. Pase -por el garaje de mi hermano José Luis y allí le harán gratuitamente a su coche las reparaciones que necesite. Y vuelve, tranquilo, a su cabina de conducción, convencido de que ha quedado resuello el incidente.

Pero no tiene tiempo de reanudar la marcha. Cuando impulsa el acelerador, el otro conductor le apuñala a traición en el cuello, en un costado y en una pierna. Es un momento de gran confusión. Mientras el torero se desangra en el coche, el agresor se agita en el suelo sin dientes y con un tímpano roto por la acción del puño de hierro de El Vaquero de Caborca.

Se habla de llevar a Arruza a una clínica, de trasladarlo a su domicilio, no distante, Pero en la plaza está el doctor Ibarra -el Jiménez Guinea de Méjico, y Arruza sabe ya, por heridas propias, de la pericia de sus manos.

—¡Llevadme a la Plaza! ¡Quiero que me cure Ibarra!

Y acaso por primera vez en la historia, un torero de paisano, que llega de la calle, es curado en la en enfermería de una Plaza de Toros.

—A eso es debida la herida que mi hijo lleva en el cuello.

En otra ocasión Arruza, que ha toreado en Monterrey, resuelve pernoctar con su cuadrilla en la ciudad. Mañana será otro día y el sol lea alumbrará en el retorno. Pero desde el hotel habla por teléfono con Méjico y hay una honesta mujercita, cubana y bello, es el otro' extremo del hilo. Un banderillero le oyó asegurar:

—Dentro de unas horas estaré ahí.

Y, contrariando a picadores y banderilleros, manda disponer las cosas para ponerse inmediatamente en camino. Veinte minutos después -Arruza al volante- salen de Monterrey, ni la luna ni los faros tienen luz bastante para señalar lo presencia de unas vacas en un recodo de la carretera. El coche da tres vueltas de campana y queda, con las ruedas en alto, al borde de un precipicio. Arruza tiene una clavícula rota; los demás toreros se levantan, milagrosamente, con absoluta libertad de movimientos par» auxiliarle...

--Loa automóviles, como usted ve, son funestos para mi hijo.

 
   

Noticiero Taurino

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